Outlast

Outlast

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Big Data
  • Outlast
  • PS4, Xbox One, Switch, PC, Linux
  • Red Barrels
  • Survival Horror
  • 2013, 2014, 2015, 2018

Puro y maravilloso terror

Después de haber sufrido importantes alteraciones cardiorespiratorias a lo largo de las últimas dos décadas gracias a ese gran género llamado survival horror, y junto a ilustres compañeros de fatiga mental del calibre de Resident Evil, Silent Hill, Clock Tower, Alan Wake o Deadly Premonition, he de reconocer que Outlast ha sido capaz de hacerme botar delante de la pantalla y cuestionarme muy en serio si era recomendable para mi salud seguir jugando con la luz apagada y equipado con unos buenos cascos. Y es que la cosa empieza muy bien, primero porque si eres miembro de PlayStation Plus te habrá salido muy económico, y segundo, porque logra transmitir una sensación de oscuridad, descontrol, indefensión y absoluta angustia que hacía mucho no recorrían mi cuerpo y mi mente. Red Barrels, un grupo de veteranos procedentes de compañías como Ubisoft, EA o Naughty Dog ha sabido recopilar las situaciones más desagradables que puede experimentar el ser humano y las ha plasmado con grandes dosis de acierto en un entorno que, pese a ser algo limitado y delimitado, es capaz de hacernos rezar para que lo sea aún más, y que la próxima puerta que intentemos abrir no lo haga…

Nunca visites un manicomio de noche

Aunque Miles Upshur, el protagonista, tiene un buen motivo para hacerlo. Quizá esté ante el artículo de su vida, destapar las verdaderas actividades de la corporación Murkoff en el asilo del monte Massive en Colorado. El caso es que es imposible resistirse, el paseo guiado en jeep ya te obliga a frotarte las manos, y la majestuosa imagen del psiquiátrico ante ti, con un cielo invadido por el anochecer, lejanas bandadas de pájaros y una tormenta que amenaza cernirse sobre la zona, te llevan de la manita para que metas la pata hasta el fondo, explores un poco los alrededores y te introduzcas a través esa provocativa ventana. El infierno espera dentro.

Miles no cuenta con armas, tan solo una cámara convenientemente equipada con visión nocturna, pero es un tío ágil e impetuoso. Podemos correr, agacharnos, saltar, asomarnos a las esquinas, caminar por estrechas cornisas, mirar hacia atrás mientras huimos y abrir las puertas, a lo bestia o con cautela, todo un detalle. Durante el juego encontraremos documentos esclarecedores y estaremos obligados a utilizar la cámara para tomar notas de todo lo que vemos y sucede a nuestro alrededor. Afortunadamente la cámara no gasta batería, pero la visión nocturna sí y creedme, os hará falta conseguir baterías constantemente si queréis disfrutar de esta gran y necesaria ventaja. No os preocupéis, con una gestión medio decente de uso y búsqueda de las mismas nunca os quedaréis a oscuras, pero casi. Movimientos, consejos y ayudas serán explicados en los primeros instantes, así lo dictan los cánones del videojuego actual, y muy pronto os sentiréis agarrados al DualShock 4 como en casa, bueno, como en un manicomio, ya que el control de Miles es casi perfecto, lo cual aumenta la sensación de creernos estar dentro de Mount Massive. Y la lógica termina aquí, el resto es pura y maravillosa locura.

Antes dije lo de botar con los cascos puestos y es verdad. Pero vayamos por partes. Tras introducirnos en el manicomio, comenzaremos la búsqueda de pruebas por el bloque de administración, allí sentiremos muy adentro eso de la luz y la oscuridad, aspecto magníficamente balanceado durante todo el juego y que se alza como el gran protagonista de su desarrollo. También nos toparemos con los primeros pacientes del manicomio, los más pacíficos del lugar afortunadamente, y muy pronto nos llevaremos el primer gran susto. Yo me lo esperaba, sabía que iba a pasar algo en ese preciso instante pero aún así me llevé tal sobresalto que casi se me cae el mando al suelo. Nada mejor que hacer una pausa, relajar el corazón y bajar un poquito la vibración de los bajos en los auriculares. Outlast no da tregua, minutos después te acogota con otro susto importante, de esos que paraliza y no te permite reaccionar. Y por fin, comenzarán a hacer acto de presencia los típicos puzles de encontrar llaves, tarjetas de acceso y hacer funcionar un generador eléctrico. Nada que no hayamos visto antes, pero como la ambientación y la angustia generada es tan soberbia, te devuelve aquellas sensaciones de antaño vividas en los survival horror ya mencionados, eso sí en primera persona -con un toquecito muy Condemned– y totalmente limitado en cuanto a utensilios ofensivos y defensivos, aquí solo puedes huir, corriendo, o esconderte, en taquillas, bajo camas o atrincherado donde puedas. Y rezar, porque a veces te descubren en tu escondrijo, acompañados por esa respiración sofocada y entrecortada que suele presagiar algo terrible, y toca correr, evitar ser golpeado hasta la muerte y encontrar la paz momentánea, en un escondite nuevo. Definitivamente, Outlast significa sobrevivir.

El show debe continuar, tu vida quizá no

La historia se irá desgranando poco a poco, como la cabeza de Miles, y comenzarán a desfilar personajes inquietantes como el padre Martin, una bestia aberrante llamada Chris Walker o seres enloquecidos equipados con porras que te harán la vida un poquito más difícil. El bloque de celdas es un auténtico monumento a la sinrazón humana, de hecho sus creadores se han basado en pacientes y casos reales para ambientar Outlast. Sombras, gritos, susurros, golpazos, escenas indescriptibles, enajenados que te rodean… Y todo gobernado con esa penumbra desasosegante que te hace comer baterías de la visión nocturna y mordisquearte los labios a velocidad de vértigo. Próxima parada, las alcantarillas, lóbregas, húmedas y sucias, con una zona un poco más abierta que te dará algún quebradero de cabeza. Y llegará el pabellón masculino, con un odioso doctor Trager, que porta unas escalofriantes tijeras, dispuesto a hacerte la manicura y darte muerte por el mismo precio, su gozo. En ese preciso momento, zona central de la aventura, Outlast ya se ha convertido en una expriencia sensorial complicada de soportar.

Prácticamente todo el juego transcurre, o debería hacerlo, a través de la visión de la cámara, ya que estamos obligados a descubrir/anotar pruebas grabando determinadas escenas y situaciones. Y es tal el enfermizo grado de cautela al que somos sometidos que cuando bajamos la cámara y miramos a través de los supuestos ojos de Miles, captamos matices de color diferentes que hacen más agradable y menos inaprensible, dentro de lo que cabe, el entorno que nos engulle. Hay que aprovechar esos silentes instantes valle de la tremenda montaña rusa de persecución y muerte que gobierna su desarrollo para dar tregua a nuestros sentidos de vez en cuando, porque nos queda una visita fugaz al patio y un pabellón femenino que pondrán a prueba nuestras últimas dosis de temple, reflejos y búsqueda de patrones ante las caóticas apariciones de enemigos. La IA de los variantes y demás seres acechantes al principio desconcierta y nos transmite la sensación de que no reside lógica ninguna en ellas, pero poco a poco y con un poquito de ensayo y error encontraremos opciones para darles esquinazo circunstancialmente. Por cierto en determinado momento perderéis la cámara… y tendréis que recuperarla. El efecto de la pantalla rota -la pobre cámara también sufre- está genialmente resuelto. Una vez de vuelta en el bloque de administración descubriréis la delgada línea entre ciencia y religión de Outlast. Ya queda menos, lo peor ha pasado.

Ya en el tramo final, el argumento se torna más habitual, menos oscuro, más tecnológico, sin perder el factor locura y regalándonos más persecuciones letales, aunque deja atrás la odiada/amada oscuridad y se centra definitivamente en la trama más conspiranoica y científica de ese enigma llamado Walrider que nos ha acompañado todo el rato. Por una parte se agradece que baje un poco de ritmo, oscuridad y tensión en los momentos finales, pero por otra se echa de menos que mantenga ese sabor metálico a infarto que nos había guiado hasta los instantes previos al fin de una historia, costumbrista y recurrente, pero sólida y eficaz al fin y al cabo. Los que hayan disfrutado y/o sufrido con la notable creación de Red Barrels -es fácil hacerlo-, y quieran profundizar un poco más, están de enhorabuena, ya que durante el próximo mes de abril aparecerá el DLC Outlast: Whistleblower, que contará la historia de Waylon Park, el ingeniero de software que avisa a Miles de lo que acontece en el asilo del monte Massive. Queremos sufrir más en su oscuridad y sentir de nuevo que las únicas opciones que tenemos ante nosotros son todas malas.

Cuestiones técnicas, muchas cosas buenas y alguna mala

Outlast está dividido en ocho capítulos/escenarios que podrás rejugar una vez completado, oculta más de medio centenar de documentos y notas -por descubrir en el primer caso u observar con la cámara en el segundo- y nos garantiza un total de 5-6 horas de juego que, aunque pueda sonar a corto os aseguro que son suficientes para contar y vivir la historia. Las mejores sensaciones de esta vida siempre deben durar poco. Gráficamente Outlast no deja con la boca abierta, ni está en la cúspide de la evolución tecnológica, pero el Unreal Engine 3 cumple perfectamente con su cometido, logrando un rendimiento prácticamente idéntico a la primigenia versión PC y generando un devenir gráfico a 1080p y a unos casi constantes 60fps. El entorno es muy sólido, creíble, con texturas de alta calidad, está magníficamente representado en sus facetas de luz y oscuridad y se desenvuelve con la fluidez necesaria para meternos en el maltrecho pellejo de Miles. El filtro de la cámara y la visión nocturna también han sido recreados de forma impecable. Un par de detalles de buen gusto: las huellas de sangre que deja el protagonista se van atenuando paso a paso y los relojes funcionan de verdad.

El doblaje en inglés es genial, las voces de los pacientes y enemigos resuenan en tu cabeza como el impacto de un martillo letal, y además cuenta con subtítulos en castellano. La espectacular BSO que aparece con la intensidad y presencia necesarias en cada momento, y el generoso catálogo de sonidos desagradables que habitan Mount Massive, contribuyen a elevar el apartado audio a un merecidísimo sobresaliente. Lo dicho, equípate con unos buenos cascos y sentirás que cada instante transcurrido puede ser el último de tu vida lúdica. Como aspectos mejorables de Outlast tan solo me atrevería a criticar algunas cargas inoportunas, una IA de los enemigos que se puede llegar a dominar con algo de sangre fría y ese desarrollo que decae un poquito al final, dejando a un lado ese patrimonio inmaterial de las sombras y el misterio. Poco más.

La obra de Red Barrels es un auténtico psiquiátrico para la paz y el sosiego del jugador. Sabe ordeñar la parte oscura de la naturaleza humana y sumergirnos en un excesivamente vibrante desarrollo que nos obligará a acudir al mal y bordearlo constantemente.

Las otras pantallas…