Yo no tuve Commodore 64

Yo no tuve Commodore 64

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A mediados de los 80 la rivalidad dialéctica y emocional entre usuarios de ordenadores era un tema bastante habitual. Indudablemente fue el germen –sin olvidarnos de las cruentas batallas entre 2600, Intellivision, ColecoVision y demás-, que derivó más adelante en esa auténtica guerra de trincheras que supusieron los duelos generacionales entre Mega Drive y Super Nintendo, Saturn y PlayStation o más recientemente Microsoft versus Sony. Todos hemos defendido de forma más o menos vehemente a nuestra máquina predilecta en cada momento, y en la etapa dorada de los ordenadores de 8 bits sucedía exactamente lo mismo. Quizá resultaba un poco más inocente debido a la corta edad de la mayoría de los contendientes, pero el caso es que te debías a un sistema e ibas a muerte con él, hasta el final.

Yo era de la facción Spectrum, plenamente convencido pese a sus limitaciones y muy orgulloso de ello, pero eso no quita que analizase, vía revistas o probando en casa de amigos y compañeros de colegio, al resto de competidores, principalmente Commodore 64 y Amstrad CPC. Si la conversión de tal o cual videojuego resultaba ser más afortunada en los circuitos de tu máquina -algo que casi siempre se debía más al talento de los programadores que al sistema en sí- era como lograr un pequeño triunfo momentáneo.

Antes de embarcarme en un sistema de 8 bits concreto, el factor Spectrum ya comenzaba a hacer mella en mí, había fantaseado durante un año entero con las máquinas de Mattel, MB y CBS, y fue más o menos en ese preciso momento cuando conocí a un compañero de colegio al que también le apasionaban los ordenadores. Mi amigo adquirió poquito tiempo después un Commodore VIC-20 con el que se empleó a fondo a la hora de programar en BASIC, además de adquirir el cartucho de Radar Rat Race, un juego programado por HAL Laboratory que estaba basado en el esquema jugable del Rally-X de Namco, pero en vez de coches, con ratones. Recuerdo que jugábamos en un televisor en blanco y negro, de hecho mi mente todavía mantiene ese formato cromático pese a haber visto pantallas en color posteriormente. Es lo que tienen los recuerdos, permanecen por siempre invariables y con todos sus matices.

Radar Rat Race (Commodore VIC-20 – 1981)

Donkey Kong (1983)

Saucer Attack (1984)

Un año después, navidades de 1984, me convertí en el afortunado poseedor de un Spectrum y mi compañero sustituyó su entrañable VIC-20 por un poderoso Commodore 64, igual de robusto y poco agraciado en diseño por fuera pero muchísimo más potente en su interior. Fue entonces cuando fui partícipe, todavía en blanco y negro, de algunos de sus primeros juegos destacables: Saucer Attack, Donkey Kong (la versión USA de Atarisoft) y Pole Position. El primero era exclusivo de C64, el plataformas de Nintendo aún tardaría dos años en aparecer en Europa de la mano de Ocean, y la conversión para Commodore del juego de coches de Namco, sin ser una maravilla, hacía palidecer a nivel audiovisual a la entrega de la máquina de Sinclair. Mi amigo, a su vez, estaba fascinado con el Match Point de Spectrum, así que los anhelos estaban repartidos.

Pole Position (1983)

Pole Position (Spectrum – 1983)

Summer Games (1984)

Esa afición por devorar revistas de videojuegos españolas e inglesas, que me acompañó durante toda esa década, me permitió descubrir las bondades gráficas de algunos títulos de la potente máquina de Commodore. Quién no recuerda, me refiero a los que sean ya un poquito veteranos, esas bellas pantallas multicolor de los juegos deportivos de Epyx: Summer Games, Winter Games -ambos con ceremonias de apertura y clausura incluidas- o California Games. Y ¿qué me decís de las exclusivas aventuras de Sir Arthur Pendragon en The Staff of Karnath, Entombed, Blackwyche o Dragon Skulle? Era imposible no dejarse llevar por una insana envidia lúdica al observar las maravillas de Ultimate. Y ya metidos en tema exclusividad, temporal en este caso, jamás olvidaré el par de shooters programados por el finés Stavros Fasoulas para Thalamus, Sanxion, con doble perspectiva y Delta. Sería justo dejar en el olvido la excelente versión del juego de lucha de Melbourne House, The Way of the Exploding Fist o el efectista Dropzone.

The Staff of Karnath (1984)

Winter Games (1985)

Summer Games II (1985)

The Way of the Exploding Fist (1985)

International Karate + (1987)

Katakis (1988)

Pero uno no tenía concepto de la visionaria potencia de Commodore 64 hasta que escuchaba su inigualable chip de sonido SID 6581/8580. La creación de Robert Yannes estaba pensada para auténticos melómanos. El propio Bob comentó que el resto de chips de sonido eran primitivos y estaban diseñados por personas que no sabían nada de música. El apartado audio de C64 cobró tanto protagonismo que a veces eclipsaba a su también potente entorno gráfico, al que tan solo se le puede poner la pega de contar con una paleta de 16 colores bastante apagada y poco intensa, aunque brillantemente compensada por un completo control de sprites y scroll por hardware. Bien es cierto que ese tipo de colores algo lavados, casi metálicos en ocasiones, le sentaban de miedo a la infinidad de shooters de su catálogo. El caso es que los mejores compositores del momento comenzaron a demostrar que el chip era un auténtico prodigio musical y las bandas sonoras antológicas comenzaron a formar parte de la magia de la máquina de Commodore. Nombres míticos como Rob Hubbard, David Whittaker, Chris Hülsbeck, Martin Galway, Tim Follin, Martin Walker, Jonnathan Dunn, Jeroen Tel, Ben Daglish o Matt Grey, por citar a los más brillantes, dejaron para el recuerdo pasajes melódicos que superaron, en algunos casos, al propio juego para el que habían sido creados.

Sanxion (1986)

Armalyte (1988)

Uridium (1986)

Sus poderosas armas audiovisuales le convirtieron en el ordenador de 8 bits más vendido de la historia, aunque en España y otros países europeos su éxito fue más discreto debido a la mayor popularidad de Spectrum y Amstrad CPC. Grandes títulos iban acumulándose en su biblioteca, provocando mayor envidia y recelo entre los que no poseíamos la máquina. Algunos de los títulos que más me impactaron en su época fueron la gran conversión de Buggy Boy, el genial International Karate Plus, su excelente catálogo de shooters capitaneado por Uridium, Armalyte o Katakis, Wizball, The Last Ninja, los dos Barbarian de Palace, los ports de Bubble Bobble y Commando… y muchos más que me dejaré en el tintero digital. A finales de los 80, tuve la suerte de hacerme con los servicios de un Atari ST y a partir de ese momento dejé de sufrir la onda expansiva de C64, aunque es justo reconocer que a nivel scroll y capacidades sonoras, la máquina de Commodore continuaba sentando cátedra y solo era superado por su hermano mayor, el todopoderoso Amiga, mi nuevo “enemigo” momentáneo. De hecho, la demo que más visitaba la concurrida disquetera de mi ST era una que ofrecía una amplia colección de las mejores melodías de juegos para C64. Mis favoritas siempre fueron las BSO de Star Paws, Sanxion, Delta y Warhawk.

California Games (1987)

Wizball (1987)

The Last Ninja (1987)

Con el paso del tiempo te das cuenta de lo que supuso esta gran máquina y es justo reconocer que Commodore 64 siempre estuvo a caballo entre los 8 y los 16 bits. Algunos de los grandes juegos de Amiga y ST como las creaciones de Cinemaware (Defender of the Crown, The Three Stooges, Rocket Ranger o Sinbad and the Throne of the Falcon) también aparecían en C64, al igual que otros súper juegos de principios de los 90 como el espectacular Wrath of the Demon, eso sí, la mayoría de ellos en formato disquete. Su legado continuó con bastante fuerza hasta bien entrados los 90, por aquel entonces la calidad gráfica y sonora de lanzamientos como Clystron o Creatures 2, rozaban el límite de su versátil hardware. Aunque la experiencia nos dice que no existen las fronteras en ninguna máquina, todo depende del talento y ganas del programador. No hay más que echar un vistazo al motor multicolor Nirvana de Spectrum para darnos cuenta de ello.

Buggy Boy (1987)

Defender of the Crown (1987)

Wrath of the Demon (1991)

Nunca tuve Commodore 64, siempre digo que las cosas hay que disfrutarlas en su línea temporal y bien sabe mi querido Spectrum que, a veces, mis pensamientos rozaron la infidelidad pensando en ese scroll suave, en esos sólidos sprites y, sobre todo, en aquella colección inagotable de excelentes bandas sonoras para el recuerdo. Afortunadamente, más adelante me instalé definitivamente en el paraíso del videojuego gracias a ese prodigio tecnológico llamado Commodore Amiga, pero esa es otra historia y será contada en otro momento… Creo que voy a seguir jugando un rato más al Armalyte en el C64 Mini 😉